por Jeff Leeland
Cómo la peor pesadilla de una familia se convirtió en un sueño que ha transformado vidas, y todo comenzó con un niño de 12 años y 60 dólares.
A veces, aprendemos a tener esperanzas en circunstancias inesperadas, donde no teníamos ninguna en absoluto.
Mi cuarto hijo, Michael, nació el 19 de agosto de 1991. Ese mismo día me ofrecieron un empleo cerca de Seattle, como maestro y director de actividades físicas de la Escuela Secundaria Kamiakin. Seis meses después de la mudanza, Michael fue diagnosticado con leucemia. Se necesitaba un trasplante de médula ósea para salvarle la vida. Afortunadamente, Amy, nuestra hija de seis años podía ser, la donante perfecta. Sin embargo, debido a que habíamos cambiado de compañía de seguros por mi nuevo trabajo, mi hijo tenía que esperar 12 meses para recibir el trasplante. Michael no calificaba para el tratamiento de $200.000 que podría salvar su pequeña vida.
¿De dónde saca un maestro $200.000?
Mis ingresos eran ya bien escasos para mantener a mi familia de seis personas, y por eso había tomado otro empleo de medio tiempo vendiendo enciclopedias. Los gastos médicos no cubiertos por el seguro comenzaron a hundirnos. Nuestro bebé había caído en la estrecha y fatal grieta del sistema de salud. Apelamos a la compañía de seguros, al estado y, en silencioso quebrantamiento, a Dios.
La vida continuó a pesar de la espera.
Como nuevo maestro de educación física de Kamiakin, me vi "obligado" a hacerme cargo de la clase de educación física de la maestra Kennedy, "Educación física de adaptación". La clase consistía de 12 chicos: tres en silla de ruedas, dos con el síndrome de Down, dos con autismo y el resto con una serie de otras discapacidades físicas y mentales. Hacíamos juegos y deportes improvisados y sencillos, muy diferentes a las clases de Condicionamiento Avanzado. Sin embargo, comenzó a gustarme rápidamente. Estos chicos mostraban una maravillosa solidez de carácter, llenos de valentía para enfrentar los retos más grandes y de alegría desbordante ante sus éxitos más pequeños, repartiendo amor y aprecio. Estos niños tenían una autenticidad y una inocencia conmovedoras que rara vez se ven en las escuelas.
Michael fue hospitalizado varias veces, y pasé muchas noches, sin dormir, junto a su cama. Rendido de cansancio, me dirigía a la escuela cada mañana, y mi esposa Kristi me reemplazaba durante el día. Muchas veces yo caía en la autocompasión, hasta que llegaba la quinta hora de clases.
En ese momento se producía un cambio en mi mundo. Los niños con el síndrome de Down, Ben y Heather, me recibían con un abrazo al entrar en el aula. Danny sonreía contento por poder extender sus retorcidas extremidades sobre la colchoneta del gimnasio. El jovial Mike competía con intensidad, a pesar de la distrofia muscular que casi no le permitía manejar su silla de ruedas, mientras se acercaba poco a poco a su fin en su batalla por la vida.
Cuando comencé a ver mis circunstancias a través del esclarecedor lente que me ofrecían mis alumnos, mi falta de gratitud y mi autoconmiseración desaparecieron, surgiendo de nuevo la esperanza.
Una esperanza insospechada
En el segundo semestre, un estudiante del séptimo grado llamado Dameon Sharkey, fue transferido a la clase de Educación Física de Adaptación.
Dameon no era física ni mentalmente discapacitado como mis otros alumnos, pero el consejero de la escuela pensó que esa clase sería un lugar más seguro para él que la clase regular de gimnasia. Tenía problemas para leer y escribir, y era casi disléxico. Con aproximadamente 325 libras (146 kilogramos) de peso, llegaba cada mañana vestido con sus grandes pantalones elásticos, y su camisa blanca de cuello abotonado con corbata, sudando, y cojeando debido a un problema en su tobillo. Dameon era poco popular por carecer de musculatura, belleza y dinero, lo cual lo convertía en un blanco fácil de abusos.
Pero Dameon parecía sentirse seguro en nuestra clase. La llamaba "el campamento para reclutas", y pronto se convirtió en mi mano derecha. De inmediato se hizo cargo de empujar la silla de ruedas de Danny cuando hacíamos nuestro circuito de calentamiento alrededor de la pista.
Dameon era un aficionado a las historias de batallas, y veía muchos documentales de guerra en la TV. Podía citar con facilidad las palabras de Winston Churchill. Su sentido del humor, su perspectiva de la vida y sus agudas observaciones sobre las personas nunca dejaban de mantener a la clase sonriente y fascinada.
Tres meses después del diagnóstico de Michael, recibimos un informe terrible: la leucemia había sido clasificada ahora como "agresiva", lo que significaba que, a menos que él recibiera un trasplante de inmediato, moriría. Presentamos nuestro caso a todos los poderes que había. Sin embargo, la compañía de seguros se negó a cubrir los gastos.
Sin que yo lo supiera, en toda la escuela Kamiakin se regó la noticia de lo que estaba pasando con Michael. El viernes 15 de mayo, Dameon entró a mi oficina acompañado por su madre. "Maestro Leeland", dijo, "si su bebé tiene problemas, yo voy a ayudarlo a usted". Entonces me puso 12 billetes de $5 en la mano. Eran 60 dólares, los ahorros de toda su vida. Este muchacho, que había enfrentado tantas adversidades en su vida, lo dio todo para ayudarme. No tengo palabras para describir lo que sentí en ese momento. Sólo lo abracé y le dije: "Tú eres la clase de hombre con el que yo iría a la guerra".
Dameon salió de mi oficina sintiéndose todo un gigante.
Cuando se enciende la compasión
El regalo de Dameon me conmovió profundamente, e inmediatamente le conté la historia a nuestro director, quien se sintió inspirado para abrir una cuenta bancaria para Michael. Esa tarde comenzó el Fondo de Ayuda para Michael Leeland con los $60 de esperanza de Dameon. Los estudiantes, en masa, se apresuraron a aceptar el reto. De los idealistas adolescentes surgieron muchas iniciativas, entre ellas la de pedir un boicot a la multimillonaria compañía de seguros. Se realizaron caminatas de recaudación de fondos, y rifas; y en todas las aulas colocaron cajas para depositar donativos.
Las historias de lo que estaba sucediendo era conmovedoras. Mary canjeó sus bonos de ahorros por $300; Jon, quien tenía problemas todo el tiempo en la escuela, consiguió $26 para Michael después de tocar a las puertas del vecindario; los alumnos del noveno grado donaron el dinero que habían recaudado para su tradicional fiesta de graduación. Esta escuela estaba haciendo todo lo imposible. Pero todavía había que recorrer un largo trecho, y el reloj que marcaba el tiempo de vida que le quedaba a Michael no se detenía.
En seguida, los medios informativos de Seattle se interesaron por el caso y difundieron la historia por todo el estado. Empleados de compañías de seguros donaron dinero. Un presidiario envió $25. Un desempleado, que tenía $30.000 de deuda, envió $10. Una niña de segundo grado rompió su alcancía y donó una bolsa de centavos. Un desconocido hizo el donativo más grande: $10.000. Y un anciano de 80 años, que todavía lavaba platos para ganarse la vida, envió un dólar.
En medio del ojo del huracán de generosidad que la misericordia había desencadenado, observábamos en silencio, junto a la cama de Michael, cómo el maravilloso poder del amor se había impuesto con toda su furia contra viento y marea. De una manera milagrosa, nuestras inmensas dificultades económicas se disiparon como polvo. En menos de cuatro semanas, después de la donación hecha por Dameon, el Fondo de Ayuda par Michael Leeland tenía más que suficiente para buscar una fecha para el trasplante.
Pequeños comienzos, recompensa grande
Pocas semanas después, Amy donó su médula ósea para salvar la vida de su hermanito. El cáncer de Michael entró en remisión, y hoy nuestro hijo es un admirable adolescente jugador de fútbol, sano y feliz. Es más que un sobreviviente; es una prueba viviente de que el bien puede vencer al desaliento.
Esa misma primavera, cuando Dameon recibió, en la ceremonia anual de premiación, el premio a la personalidad del año que da la escuela, todo el gimnasio se puso de pie. Después de terminar las clases de ese día, Dameon se me acercó y dijo: "¡Maestro Leeland, usted no creería el número de chicas que se me acercan ahora!"
Muchos alumnos de la escuela Kamiakin que estaban en el noveno grado durante la gran prueba de Michael, se graduaron en 1996, y el grupo atrajo magnéticamente la suma sin precedentes de $1.100.000 en dinero para becas. Cuando Dameon se graduó con mención especial dos años más tarde en un curso de nivelación, recibió una beca de $3.600 de la Compañía de Seguros PEMCO, sesenta veces $60. Luego estudió en un instituto técnico en el que perfeccionó su maravilloso don para la carpintería, y al final se convirtió en un experto fabricante de gabinetes.
Durante varios años, muchos de los que fuimos conmovidos por lo que había sucedido en nuestra escuela luchamos con otro dilema: Michael no era, ciertamente, el único niño enfermo de los Estados Unidos. ¿Podría, lo que había sucedido en Kamiakin, suceder en otras escuelas? En 1995, lanzamos Sparrow Clubs USA [Clubes Gorrión USA], una institución benéfica sin fines de lucro, fundada por jóvenes y originada de la ayuda ofrecida a Michael, creado no sólo para ayudar a las familias con hijos en crisis médicas, sino también para ser un catalizador de un cambio positivo en los corazones y cultura de los niños y jóvenes.
¿Por qué clubes "Gorrión"? Porque la mayoría de nosotros pasamos desapercibidos por el radar de lo que es importante para el mundo. Todos nosotros, especialmente la gente joven, luchamos con sentimientos de falta de propósito y poder. Pero Jesús dice que el Autor de toda vida no permite que ninguno de los seres que pertenecen a Su creación pasen desapercibidos –ni siquiera un diminuto gorrión. Él ve nuestro sufrimiento y ofrece sanidad y esperanza a toda mano extendida en busca de ayuda.
Cuando se formó Clubes Gorrión, Dameon se convirtió en uno de nuestros voluntarios clave. Hacía objetos para rifar en campañas de recaudación de fondos, y hablaba en nuestros eventos. Sabía cómo tocar la cuerda sensible en favor de los niños que tenían necesidades médicas, y también de aquellos que necesitaban ser curados al quitar la mirada de sí mismos para ayudar a otros.
Un legado de esperanza
Después que nuestra familia se mudó a Oregon, Dameon tomó el tren para visitarnos; trajo su costoso y precioso ajedrez. Le enseñó a Michael, quien era ahora su pequeño amiguito, como jugarlo. Me imaginaba a Dameon viniendo a trabajar algún día con Sparrow Clubs.
Entonces sucedió lo inesperado.
Dameon desarrolló una infección como resultado de una herida que sufrió en una pierna mientras hacía trabajos de carpintería, la cual se le extendió a sus órganos vitales. Fue llevado de emergencia para ser operado, pero el 1 de noviembre del 2000, temprano en la mañana, su mamá me telefoneó para decirme que nuestro querido Dameon había muerto. Yo no podía creerlo.
En el servicio funerario no cabía la gente. Los padres de Dameon me pidieron que lo oficiara. Familiares y amigos compartieron recuerdos preciosos. Yo leí un pasaje de la Biblia que reflejaba la relación de Dameon con Dios. Por último, mostré un video con una entrevista que le había hecho para Sparrow Clubs semanas antes de su muerte. Al ver a Dameon en la pantalla, un rayo de alegría, puro y profundo, brotó en nuestros ojos cubiertos de lágrimas.
La inspiración en Dameon estimuló mi visión para el trabajo que se estaba convirtiendo de prisa en el llamamiento para mi vida. Dos meses más tarde, dejé la seguridad de mi carrera para servir a tiempo completo como el primer director de Sparrow Clubs USA.
Algo que Damoen me dijo una vez transformó mi vida: "Los niños necesitan tener un refugio en las escuelas". Estas palabras se convirtieron en mi misión. Descubrimos que, cuando unos estudiantes adoptan a un Gorrión, la cultura problemática de toda una escuela puede ser cambiada.
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Hoy, Sparrow Clubs USA tiene proyectos en toda la nación, ayudando a centenares de familias de una manera hermosa y transformadora. Sus historias (algunas con un final feliz, otras no) nunca cesan de maravillarme e inspirarme. Pero he visto, a través de cada una de ellas, destellos de bondad innegable, más allá de aun los capítulos más dolorosos que hay en nuestras vidas. Los considero unos vasos de agua fría y refrescante, un pequeño sorbo de esperanza de las compuertas celestiales. |
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