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ALGUIEN QUE REHUSÓ SER UN FRACASADO

Por Jonh Maxwell

Una de las mejores historias que he oído de alguien que rehusó tomar su fracaso como cosa
personal es la de Daniel «Rudy» Ruettinger, un niño que quería desesperadamente jugar
fútbol por la Universidad de Notre Dame. Es posible que usted haya visto la película Rudy
basada en su vida. Es una buena película, pero la historia real es mucho más excitante y
convincente.

El primero de cuatro hijos en una pobre familia obrera, Rudy amaba los deportes y creía que eso podría permitirle salir de Joliet, Illinois. Cuando estaba en la secundaria, se dedicó por entero al fútbol, pero su corazón era mucho más grande que su físico. Era lento, y con sus cinco pies y seis pulgadas de alto y sus 190 libras no tenía exactamente lo que se
requería para ser un buen jugador.


EL SUEÑO DE RUDY

Cuando estaba en el último año de la secundaria, empezó a soñar en matricularse en la
Universidad de Notre Dame y jugar fútbol allí. Pero tenía otro problema que enfrentar. Sus
notas eran menos prometedoras que su físico. «Terminé tercero en mi clase», acostumbra
decir, «pero no de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba». Como estudiante era
malo. Se graduó de la secundaria con una nota promedio de 1,77 puntos.

En los años siguientes, Rudy cambió su interés de una cosa a otra. Durante un semestre
trató de asistir regularmente a clases, pero no lo consiguió. Se fue entonces a trabajar en la
planta eléctrica de Joliet, donde permaneció durante dos años. Aquel era el último trabajo
que habría querido hacer. Otros dos años los pasó en la Marina, experiencia que resultó
como un punto de cambio definitivo en su vida. Allí descubrió que no era tonto y que podía
manejar responsabilidades.

Después del servicio militar, volvió a Joliet y de nuevo a trabajar en la planta eléctrica. A pesar de las críticas de su familia, sus amigos y compañeros de trabajo, estaba más
decidido que nunca a llegar a Notre Dame. Sabía que no era un fracasado de modo que buscó la manera de alcanzar su sueño.

UNA JUGADA INTELIGENTE

Si usted vio la película, entonces sabrá que Rudy finalmente lo logró. Renunció a su
trabajo, se mudó a South Bend y se las arregló para ingresar al colegio universitario Holy
Cross que estaba afiliado a la universidad. Asistió al colegio universitario durante dos años
logrando un promedio por semestre de 4,0 antes que fuera aceptado en Notre Dame. A los

veintiséis años entró a la universidad de sus sueños, ocho años después de graduarse de secundaria.
Le quedaban dos años para aspirar a ser un jugador, y se lanzó a intentarlo. Empezó
desde la posición más baja, pero trabajó con todo su empeño. Después de un año, empezó a
escalar hasta llegar a la cumbre. Su último año, trabajó duro nuevamente. Y en el juego
final de la temporada final, Rudy cumplió su sueño de jugar por la Universidad de Notre
Dame.

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD DE RUDY

En la película, Rudy Ruettiger hace una sola jugada al final del partido. Pero eso no fue lo que ocurrió en la realidad.
«En la vida real», dice Rudy, «tuve dos oportunidades. En la primera jugada, no llegué a tiempo. Estaba tan ansioso que fallé». Pero de nuevo, Rudy no dejó que su fracaso hiciera de él un fracasado. Estaba decidido a transformar el fracaso en victoria.
«Yo sabía que sería la última oportunidad que tendría», explica. «Cuando lanzaron el balón, no me preocupé de fallar. Ya había hecho eso antes, y sabía por qué había fallado aquella vez. Así fue como eliminé el miedo. Me mantuve aprendiendo hasta que tuve la confianza que podría hacer lo que tenía que hacer cuando se presentara la oportunidad; de modo que cuando lanzaron la bola por última vez, corrí repasando lo que tenía grabado en la mente y pude detener al jugador contrario».
Llenos de júbilo, sus compañeros lo sacaron del estadio cargándolo sobre sus hombros. Rudy dice que esta es la única vez que ocurre algo así a un jugador del equipo de fútbol de Notre Dame.
Actualmente, Rudy es un conferenciante motivador. Y créalo o no, él fue la fuerza
detrás de la producción de la película Rudy. Por supuesto, no fue tarea fácil. Le tomó seis
años para verla hecha una realidad. (Dos años menos de los que le tomó llegar a Notre
Dame.)
En Hollywood le decían: «Tú no eres Paul Horning o Joe Montana». Y Rudy estaba completamente de acuerdo.
«Hay solo uno como ellos», dice, «pero como yo hay millones».5
Y eso es lo grande en la historia de Rudy. Él no tiene las habilidades atléticas de un
Michael Jordan, ni el genio de un Mozart, de un Van Gogh, un Edison o un Einstein. Es
una persona común y corriente, como usted y como yo. La única razón para que sea un
triunfador en lugar de una persona del montón, es que se negó a dejar que los fracasos lo
abatieran. Aprendió que sin importar las veces que fracases, nada de eso puede hacer de ti
un fracasado.

Su tercer paso hacia el lado positivo del fracaso:

Elimine el «yo» de sus fracasos

Si usted ha venido creyendo que es un fracasado, es posible salir de ese patrón de

pensamiento negativo. Observe un aspecto de su vida donde ha fracasado repetidamente, y haga lo siguiente:
• Examine sus expectativas para ese aspecto. Escríbalas. ¿Son realistas? ¿Espera
hacer todo en forma perfecta? ¿Espera tener éxito en el primer intento? ¿Cuántas
veces espera fallar antes de tener éxito? Haga un ajuste en sus expectativas.
• Busque nuevas formas de hacer su trabajo. Piense en por lo menos veinte nuevas
formas y luego intente con por lo menos la mitad de ellas.
• Observe sus posibilidades. ¿Cómo puede usar sus mejores habilidades y recursos
personales para sacarle el máximo provecho a su esfuerzo?
• Prométase no darse por vencido. No importa cuántas veces caiga, levántese y siga
adelante.
No espere hasta sentirse positivo para seguir avanzando. Genere dentro de usted mismo
el sentirse bien. Es la única manera de empezar a pensar más positivamente de uno mismo.

Pasos hacia el lado positivo del fracaso:
1. Reconozca que hay una gran diferencia entre las personas mediocres y las que triunfan.
2. Aprenda una nueva definición de fracaso.
3. Elimine el «yo» de sus fracasos.

4 Usted es demasiado viejo para llorar,
pero duele demasiado como para reír

El miedo hace realidad aquello a lo que uno le teme.
—VIKTOR FRANKL

Todos hemos oído de los hermanos Wright, aquellos mecánicos de bicicletas que fueron los primeros en motorizar los vuelos en la primera parte del Siglo XX. Las circunstancias que rodearon el primer vuelo de Orville y Wilbur Wright el 17 de diciembre de 1903
constituyen una historia interesante. (Es, sin duda, una historia que ilustra cómo

transformar los fracasos en victorias.) Pero lo que quizás usted no sepa es que antes de ese día, los Wright, desconocidos y sin educación universitaria, no eran de ninguna manera líderes en la aviación. Eran personas en las que nadie se fijaba mientras otra persona trataba de poner el primer aeroplano en el aire.
Su nombre era Dr. Samuel P. Langley. Era un respetado ex profesor de matemáticas y astronomía que por ese tiempo fungía como director de la «Smithsonian Institution».
Langley era un tremendo pensador, científico e inventor. Había publicado varios libros importantes sobre aerodinámica y tenía la visión de lograr que el hombre volara. De hecho, entre mediados y finales de los años de 1890, había hecho varios experimentos con grandes modelos de aviones no tripulados y había logrado un alto grado de éxito.

COMISIONADO PARA TRIUNFAR

En 1898, Langley solicitó del Departamento de Guerra de los Estados Unidos fondos para
diseñar y construir un aeroplano que pudiera llevar a un hombre a bordo. Le dieron
cincuenta mil dólares, una cantidad importante para aquel tiempo. Langley se entregó
inmediatamente al trabajo. En 1901 probó con éxito una nave no tripulada que usaba
gasolina y que era más pesada que el aire. Era la primera vez en la historia que ocurría tal
cosa. Y cuando consiguió los servicios de Charles Manley, un ingeniero para construir un
poderoso y nuevo motor liviano basado en los diseños de Stephen Balzar, su éxito parecía
inevitable.
El 8 de octubre de 1903 Langley esperaba que sus años de trabajo rindieran sus frutos. Con periodistas y curiosos como testigos, Charles Manley, vistiendo una chaqueta
acolchada, caminó a grandes zancadas por la cubierta de una casa flotante modificada y
saltó al asiento del piloto de una nave llamada el Great Aerodrome. El aparato motorizado fue instalado sobre una especie de catapulta especialmente construida y diseñada para dar el impulso inicial al Aerodrome. Pero cuando intentaron su lanzamiento, parte del Aerodrome quedó enganchada en la plataforma y el biplano se hundió en más de cinco metros de agua a menos de cuarenta metros de la casa flotante.
La crítica fue despiadada con Langley. El New York Times, por ejemplo, publicó lo siguiente:
No fue una sorpresa el ridículo fiasco de la máquina voladora de Langley al intentar una
navegación aérea. La máquina voladora que realmente llegue a volar deberá ser
desarrollada por esfuerzos combinados y continuos de matemáticos y mecánicos [sic] en
entre uno y diez millones de años … Sin duda que para quienes se interesan, el problema no deja de tener su atractivo, pero para el hombre ordinario pareciera que los esfuerzos
deberían dedicarse a algo más útil.1

FRENTE AL FRACASO

Al principio, Langley no dejó que el fracaso o las críticas que lo acompañaron lo
desalentaran. Ocho semanas más tarde, en el mes de diciembre, él y Manley estaban listos
para intentarlo de nuevo. Habían hecho numerosas modificaciones al Aerodrome y una vez
más Manley saltó a la cabina desde la cubierta de la casa flotante, listo para hacer historia.

Pero como la vez anterior, se produjo el desastre. Esta vez el cable que afirmaba las alas se
rompió al momento que el aeroplano era lanzado. Este quedó atascado de nuevo en el riel
de lanzamiento y la inercia lo hizo sumergirse en el río. Manley estuvo a punto de perder la
vida.
De nuevo las críticas fueron terribles. A su Great Aerodrome le pusieron «la locura de Langley» y Langley mismo fue acusado de malgastar los fondos públicos. El New York Times comentó: «Esperamos que el profesor Langley no seguirá poniendo su sustancial grandeza como científico en continuar malgastando su tiempo y el dinero envuelto en más experimentos con aeronaves».2 No siguió.
Más tarde, Langley diría: «He logrado lo que me proponía, demostrar lo práctico de los vuelos mecánicos. Para la etapa siguiente, que es el desarrollo comercial y práctico de la idea, es probable que el mundo busque a otros». En otras palabras, Langley se estaba dando por vencido. Derrotado y desmoralizado había abandonado su trabajo de décadas por tratar de volar sin haber visto jamás uno de sus aviones piloteado surcando los aires. Solo días más tarde, Orville y Wilbur Wright, sin educación, desconocidos y sin recursos, volaron su «Flyer I» sobre las dunas arenosas de Kitty Hawk, Carolina del Norte.

DOS PERSPECTIVAS
El escritor J. I. Packer dice: «Un momento de triunfo consciente hace que uno sienta que
después de esto nada realmente importa; un momento de desastre consciente lo hace a uno
sentir que es el fin de todo. Pero ni el sentimiento es real ni el suceso es lo que pareciera
ser».
Los hermanos Wright no se durmieron en los laureles. La emoción de lo logrado aquel día de diciembre de 1903 no los hizo creer que ya estaba todo hecho. Al contrario,
siguieron experimentando y trabajando, y finalmente el público reconoció sus triunfos. En
contraste, Langley dejó que su momento de desastre lo hiciera pensar que ese era el fin.
Abandonó sus experimentos. Dos años más tarde sufrió un derrame y un año después
falleció. Y hoy día, cuando aun los niños de los primeros grados de la escuela han oído de
los hermanos Wright, Langley es recordado solo por sus relativamente pocos fiascos en el
campo de la aviación.

CUANDO EL FRACASO ATACA EL CORAZÓN
Lo que le pasó a Samuel Langley ocurre en la vida de demasiadas personas en el día de hoy. Dejan que los fracasos afecten emocionalmente lo mejor de ellos y les impida seguir esforzándose por alcanzar sus sueños.
El primer paso realmente importante en
controlar el fracaso es aprender a no
personalizarlo.
Digámoslo de una vez. El fracaso puede ser muy doloroso, a veces física y, con más
frecuencia, emocionalmente. Ver irse al suelo parte de su visión realmente duele. Y si por
sobre eso la gente lo ridiculiza, usted se sentirá aun peor. El primer paso realmente

importante en controlar el fracaso es aprender a no personalizarlo sobre la base de saber
que su fracaso no lo hace a usted un fracasado. Pero hay aun más que eso. Para muchas
personas el dolor del fracaso las lleva a temer el fracaso. Y llegan a ser como aquella
persona que dice: «Soy demasiado viejo para llorar, pero el dolor es muy grande como para
reír». Así es como muchas personas se quedan atrapadas en el ciclo del miedo. Y si el
miedo lo vence a usted, es casi imposible transformar los fracasos en triunfos.

 

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